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Antigua ciudad de Arsa.

En la región de la Turdetania, entre otras ciudades cuyos enclaves están claramente indentificados, se encontraba la famosa ciudad de Arsa, citada por Plinío como una de las más importantes, ignorándose en la actualidad su emplazamiento exacto.Nosotros creemos que esta ciudad se hallaba situada en las ruinas que existen en la cima de la sierra del Argallén, a caballo entre los términos municipales de Zalamea y Campillo, junto a las ruinas del castillo árabe de Argalet, pudiéndose contemplar, aún, sus muros y adivinar por su trazado el gran esplendor de que debió gozar en su mejor época. Fray Juan Ortiz de Thovar, franciscano natural de Hornachos, nacido a comienzos del siglo XVIII, hombre culto y visitador que fue de la Orden, conocedor de estos parajes por frecuentarlos a menudo, nos lo confirma en un manuscrito del año 1779, que se conserva en el Monasterio de Guadalupe donado por el insigne bibliófilo y escritor extremeño D. Vicente Barrantes.

Su enclave era perfecto para la defensa por ser un sitio escarpado de difícil acceso (tal vez se aprovechó algún asentamiento de la edad del bronce).

En Zalamea se encuentra una lápida de granito situada en la calle de Pedro Crespo nº 14, propiedad de D. José Cáceres, en el suelo, junto a la campana de la chimenea de 53 cm de ancho, y 48 cm. de alto, con los siguientes caracteres:L. AT. T. I. VS. L. F. GAL.OPTATUS ARSENSIS DEC ANNL. III. H.S.E.S.T.T.L. de la que hay que destacar por su gran importancia, el adjetivo de origen ARSENSIS es decir, que L. ATIUS OPTATUS, era de Arsa o Arse, lo cual indica que esta ciudad se encontraba muy cerca de la actual Zalamea. Por su importancia tenía ceca para acuñar monedas, ya que un ingeniero de minas de Badajoz, D. Fernando Bernáldez, se encontró hace algún tiempo, en los Argallenes, una moneda que en el anverso tiene grabada una cabeza o cráneo muy gastado, como si fuera un ave, y la inscripción ARSA muy separada, y en el reverso ostenta un atributo típico de la zona donde se acuñó, una espiga o rama de olivo o quizás de encina (al encontrarse tan gastada es muy difícil su apreciación) con la inscripción que el Sr. Bernáldez tomó como de origen tartésico, KOSUS (parte de arriba), AEMILIUS (parte de abajo). La descripción de esta moneda se puede ver en el Memorial Numismático Español, que se publica en Barcelona, tomo II, página 268.

Por último su toponimia: Argallén, Argallenes o Arsallen, que de las tres maneras está escrito (ARSA-LLEN).

Definitivamente la mejor forma para despejar y esclarecer esta incógnita, será el día que personas competentes se decidan a efectuar excavaciones que, sin duda, aportarán luz y datos muy importantes para la historia.

En la ladera de la cara este, por la zona del castillo, se encuentra la entrada de una cueva muy profunda, ignorándose en la actualidad el sitio exacto de su emplazamiento.

D. Juan López, apodado «Tío Vinagre», vecino del pueblo y persona muy conocida, que murió longevo no hace mucho tiempo, me contó una historia muy curiosa. Siendo él zagal, vivía con su abuelo, que lo crió en uno de los cortijos que hay por aquellos parajes dedicándose a pastorear cabras, utilizando la entrada de la cueva como refugio para librarse del frío del invierno y de las tormentas del verano. Sólo podía penetrar unos pocos metros debido a la oscuridad que reinaba y también a la gran cantidad de mosquitos que había. Cierto día, se encontró con la desagradable sorpresa de que la cueva estaba tapada. Se lo refirió a su abuelo, y éste le explicó que hacía unos días habían llegado de «esa parte de la morería» (sic), unas personas con pergaminos y que buscaban algo. Los dueños, al enterarse, los expulsaron y taponaron la cueva para segurarse que no entrara nadie.

Los años transcurridos han borrado cualquier signo para encontrarla, pero con toda seguridad que formaba parte de este enclave primitivo, ya que se encuentra dentro del núcleo poblado.

Arsa se hizo famosa por haber dado cobijo al caudillo Viriato, refugiándose después de sus correrías por toda la Bética hostigando a los romanos.

Serviliano puso sitio a Arsa. La ciudad, falta de agua y alimentos, estaba pronta a rendirse, cuando por la noche llega Viriato y cae sobre los romanos obligándolos a firmar la paz. Era el año 140 a. de Cristo, tratado que sería roto por el hermano de Serviliano, Quinto S. Cipión. Viriato huye refugiándose en la Carpetania, donde murió poco tiempo después traicionado por los suyos.

Arsa fue asaltada por los romanos que la tomaron e impusieron sus costumbres, romanizándola.

La decadencia del Imperio Romano y sus luchas con otros pueblos fue la causa del abandono final de Arsa. Muchos años después quisieron poblarla de nuevo, pero tanto los habitantes de Campillo como los de Retamal se opusieron, interviniendo la Real Chancillería de Granada, que dictó auto a favor de ellos decretando que jamás fuera poblada ni se levantara edificación alguna.

Los romanos debieron reconstruirla con gran suntuosidad. Muchos pueblos de los alrededores se han servido de sus ruinas para construir casas solariegas, iglesias, etc. En Azuaga hay piedras escrituradas. En Retamal, Thovar habla de varias, dando la lectura de una de ellas que se encontraba en la vivienda de un tal Francisco Núñez Xaque. De Zalamea ya hemos hablado, aunque debe haber muchas más huellas por ser un pueblo con un pasado relevante, apreciándose en sus calles casas blasonadas. Su castillo y ruinas llenas de historia evocan el dominio que debió ejercer sobre la zona en otros tiempos. En Campillo se pueden apreciar varios bloques graníticos de formas labradas extraídos de otras edificaciones y colocados en la base de la torre de la Iglesia. Otras piedras escrituradas se encuentran en los muros exteriores de la misma, por la parte del Altar Mayor, que dan a la plaza de San Bartolomé, no pudiendo verse al estar cubiertos por obras efectuadas en los años sesenta.

Siendo párroco del pueblo D. Diego Murillo, se extrajo de uno de estos muros un ara votiva de, granito, cuyas medidas son: altura 1,06 mts. x 0,40 mts. de largo y otro tanto de ancho. Esta ara es de gran importancia por no existir otra de iguales características en la región Bética, siendo su lectura:

IOVI. 0. M.L. FA, FLORETI. A. EX. VO. D.D.L. VC. NEPO.

Su transcripción es como sigue: IOVI (Optimus). M(a*ximus). L(ocus). FA(milia), / FLORETI. / A. EX. VO(to).

D(edit) D(edicavit) L(ucius) C(arisimus) NEPO.

Que todas estas piedras se trajeron de los Argallenes parece confirmarlo una base circular de gran tamaño levantada por un

tractor arando en una finca propiedad de D. José Gordillo Ortega, que se encuentra situada en el camino, entre la sierra y Campillo.
El Poblado de Ipasturgi:

Por el año 500 de nuestra era, moradores romanos procedentes de la abandonada Arsa se instalaron en una alquería no muy lejana. Era un campo raso lleno de malezas llamado PALACIOS, lugar más cómodo y habitable, ya que la altura había dejado de ser imprescindible para la supervivencia. Al nuevo poblado le pusieron de nombre IPASTURGI.

En la invasión árabe, a principios del siglo VIII, fue tomada por los beréberes que la islamizaron durante varios siglos. Posteriormente la conquistaron los ejércitos cristianos, perdiéndose nuevamente ante el empuje de los almohades en el siglo X.

Durante la reconquista fue ganada definitivamente, reinando Fernando III el Santo, por los Caballeros de la Orden de Santiago.

Los moros, en su huida, devastaron el poblado y en el siglo XVI aún se podían divisar sus ruinas con un castillejo o atalaya.

Las tropas Santiaguistas las mandaba el XIV Maestre D. Pero (Pedro) González Mengo, que era natural de Aguilar del Campó (Palencia), quien gobernó la Orden durante diez años (1.226- 1236), pasando el territorio conquistado a propiedad de la Orden por donación real como era costumbre.

Este mismo Maestre, por los años de 12 34, mandó edificar un nuevo poblado en sitio muy cercano sobre una majada de pastores poniéndole por nombre EL CAMPIELLO. Lo puso bajo la protección y el cuidado del primer Comendador de Hornachos D. Pedro Pérez.
Los Arabes.

El año 1230, las tropas leonesas del rey Alfonso IX, cercaron la ciudad de Mérida. Enterado el rey moro de Sevilla, envió en su auxilio un poderoso ejército al mando del valeroso caudillo musulmán AB-EN-Hud (Abenfut), que urgentemente se puso en camino llegando en pocas jornadas a la villa de Alange, donde pernoctaron, preparándose para el ataque. Enterado el rey Alfonso, en una noche cruza el río Guadiana y al amanecer cae por sorpresa sobre el ejército moro asestándole un devastador golpe que le obliga a huir en desbandada. En su lenta y fatigosa retirada, llegaron maltrechos a unas posadas que había junto al arroyo de Santa María en la zona del mismo nombre limitando con las Casillas. Descansan varios días de la enorme galopada. Después, Abenfut reunió lo que quedaba del maltratado ejército y prosiguió su repliegue hacia el sur. A partir de este. acontecimiento, al lugar se le conoció por el nombre de «Las posadas de Abenfut», edificándose una enorme ermita pocos años después bajo la advocación de Santa María de las Posas.

Diez años más tarde en estas posadas se firmaron los documentos para delimitar las lindes.entre las Ordenes de Santiago y Alcántara.

Abenfut, en su huida, llegó a este lugar siguiendo la calzada romana, que partiendo de Mérida por Alange, Retamal, Argalet, Chinchin, Azuaga.... llegaba a Córdoba. Como es lógico, por una ciudad como Arsa , debería pasar una vía de comunicación que la uniera con las ciudades más importantes de su entorno.

A comienzos de noviembre del año 1570 comenzó la deportación de los moriscos granadinos con el fin de diseminarlos para que no se volvieran a producir los conflictos que poco antes tuvieron lugar en Las Alpujarras. De los enviados a Extremadura en el año 1589, a Campillo vinieron. a vivir seis, y en el año 1594, llegaron ocho.

Por los últimos años cincuenta, en unas obras realizadas en una vivienda de la calle Santa Ana, se descubrió una tumba, apreciándose que el esqueleto se encontraba boca abajo descansando la cara en un cuenco de barro, que según tengo entendido, era la forma habitual de enterrar los beréberes a los jefes importantes.

En el siglo X, y principios del XI, Campillo perteneció a la kura (provincia) de Merida que llegaba hasta Maguila (Maguilla) y Zuwaga (Azuaga).